
Dios nos da la posibilidad de elegir lo que queremos para nuestra vida, cada uno de nosotros es libre para optar entre lo que hace daño o lo que hace feliz, lo digo de esta manera porque no quiero hablar del bien y del mal, porque esta frase está muy estigmatizada, prefiero referirme a lo que hace daño o nos hace daño y a lo que hace feliz o nos hace feliz.
Cada ser humano a lo largo de su existencia busca la felicidad, y se ve claramente en la primera infancia la búsqueda por el afecto y la inmensa capacidad que se tiene para dar cariño (quien más honesto y amoroso que un niño).
Pero si desde pequeñitos tenemos claro el sentido de la vida ¿qué hace que nos perdamos en el camino?, ¿en qué minuto dejamos como elemento secundario al afecto? y comenzamos a centrar nuestra vida en las cosas materiales y resulta ser más importante el tener éxito, dinero y demás aparatos que demuestran el status social que tenemos.
Y entonces nos lanzamos a la vida, no para vivirla, sino para devorarla, nos enajenamos trabajando para tener más riquezas y mayores éxitos o nos enajenamos disfrutando de cosas materiales.
Y es ahí, donde dejamos al afecto en segundo plano, pasando a ser en nuestras vidas como algo secundario, olvidándonos completamente de que existe, ya que vivimos para otras cosas.
Pero, vuelvo a recalcar que Dios nos hace libres para poder elegir lo que queremos para nuestra vida y como priorizamos todos los elementos que en ella hay, todo lo que el mundo nos ofrece. Cada uno es libre para poder decidir que papel juega el afecto en nuestras vidas, si es prioritario o secundario.

